Amanece en Lamin

Duermo plácidamente, me encuentro en una habitación bastante grande con 4 camas y sus respectivas mosquiteras que cuelgan de un falso techo compuesto de unas especie de láminas de cartón y un entramado de madera un tanto precario, este techo sin duda ha vivido tiempos mejores pero “this is Gambia man”, el ronroneo del ventilador a máxima potencia acompaña al sonido exterior de los insectos y animales, una extraña banda sonora, lo natural y lo artificial, ya hace calor pero aumentará mucho más durante el día.
Comparto habitación con 2 voluntarios más, Laura, de 21 años, Francesa pero que reside en Barcelona desde los 8 años y estudia antropología y Miguel de 32 años, arquitecto, es de Las Palmas y amigo mío desde la carrera, los tres llegamos el sábado y nos incorporamos a otros 7 voluntarios más que ya se encontraban en la casa.

Es martes y son las 7:10, primer cacareo, hay un gallo en el condominio que tiene la maldita manía de hacerlo debajo de la ventana de las habitaciones, especialmente de dos y adivinad que, si, una de ellas es la mía…me doy la vuelta e intento seguir durmiendo. Segundo cacareo, tercero…desisto! Saco la mano de la mosquitera y miro el móvil, aún quedan 50 minutos para tener que despertarnos pero, conociéndome, ya no dormiré más así que aprovecho para escribir un poco por WhatsApp a la familia y amigos y avanzar algo en preparar la entrada para el blog de los voluntarios, si esta misma ;D.

Las 8:05, Nona, otra de las voluntarias, pone música para despertarnos y empiezan las carreras, -“Gerard tu a por tapalapas (pan gambiano)” -“Entre yo y juan ponemos la mesa” me dice María.
Yo ya estoy duchado, es lo bueno de despertarse antes, así que también colaboro.
La casa tiene 3 habitaciones y 2 baños aunque uno de ellos tiene dividida la ducha del inodoro por lo que le sacamos bastante partido, el otro se encuentra dentro de una habitación y no lo suelo utilizar. Desayunamos en el salón, donde tenemos un gran tablón sobre dos burras metálicas que hace las veces de mesa, recogemos y salimos rumbo a la escuela. Cuando salimos siempre hay niños esperando en la puerta para agarrarte las manos al grito de toubab (blanco en mandinga) aunque algunos ya conocen mi nombre que pronuncian “Nestooo”. Rodeamos la pared del condominio, que son parcelas cerradas con pared de bloque que suele tener varias casas en su interior, es muy difícil para los occidentales orientarnos por aquí, pero ya llevamos un par de días y el camino al colegio es sencillísimo, primera a la izquierda y todo recto pasando por el vertedero y el hospital holandés. Las calles son de arena y estamos en época de lluvia así que a menudo hay charcos que es mejor esquivar por lo que pueda haber en ellos.
Llegamos a la entrada del cole, ahí aún hay más niños esperándonos que intentan escalarnos, se reparten nuestros dedos y nos soban por todas partes sorprendidos por el color de nuestra piel y nuestros pelos, que les encantan. El cole consta de 2 edificios, a la derecha uno de una sola planta y a la izquierda otro mayor de 2 plantas. Ambos se encuentran unidos por un patio central de arena a la que dan una especie de soportales.
Ya son las 9 y a mi hoy me toca preparar desayunos del que disfrutan los niños gracias al proyecto de Nona y Claudia, 2 de las voluntarias, después me uniré al resto de voluntarios y profesoras que entretienen a los niños con canciones y juegos.

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Una vez comidos toca pasar a las clases, hoy Miguel y yo nos haremos cargo de los intermedios, también llamada la clase del infierno ya que es la más numerosa con unos 50 niños a lo que se une que no son tan pequeños como para “dejarse hacer”, ni tan grandes como para prestar la suficiente atención, no importa lo daremos todo. Entramos con un sonoro “Hola”, el día anterior hemos dado clases de español por lo que los niños nos responden de igual modo, dentro ya se encuentran también sus profesoras Fato y Amy, que nos echan un cable siempre que lo necesitamos. Se vuelven a oír gritos de Toubab, a Miguel y a mí nos gustaría que nos llamasen por nuestros nombres así que a cada llamada de Toubab respondemos con un “my name is….” pues vamos allá, escribimos las vocales en la pizarra y…Lo siento tengo que dejaros para echar una mano con la pintura de la puerta del pueblo, espero que otro voluntario os lo termine de contar porque, la verdad, merece la pena!

“Abaraka”

Néstor Ojeda

3 Comments

  1. Nestor, magnifica descripcion.es el retrato perfecto.La clase del infierno ha ha notrosos llegamos a contar 70 nuños!! Y el gallo quizas el proximo grupo lo use para acompañar al arroz.un saludo y energy!

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