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Gambia no problem. O en su “traducción” al español: Gambia no pasa nada. Frases repetidas a diario por parte de los locales en el momento en que un “tuba” o blanco se cruzaba con ellos, tratando de transmitir la sensación de tranquilidad y paz que se respira en su bella tierra. Y sin embargo están equivocados al decir que en “Gambia no pasa nada”, en Gambia pasan muchas cosas. Atardeceres únicos rodeados de personas extraordinarias, paraísos naturales, sonrisas contagiosas, miradas que hablan, niños felices, curiosos, inocentes. Puro sentimiento y corazón.
Pero no todo es bonito en Gambia. En Gambia sufre gente que no debería sufrir, muere gente que no debería morir en un mundo con tratamientos eficaces para sus dolencias. Aún hoy son muchos los que acuden a la medicina “mágica-tradicional” africana en la que colocan un collar de hilo a un niño con dolor de garganta o pintan con tinta china las úlceras de sus piernas. Muchos de aquellos que confían en la medicina “occidental” no pueden pagar sus tratamientos. “Doctor, tengo siete hijos, con lo que cuesta el tratamiento de la malaria del pequeño, alimento a los demás una semana”, me dijo avergonzada una paciente en mi primera visita a Gambia hace ya un año. El caso no era, ni mucho menos, excepcional. Tras la experiencia única vivida no dude en repetir y en aceptar con ilusión responsabilizarme del área de sanidad de ASEDA Gambia. Pero este año no vine sólo, me acompañó Carlota Fuente, oftalmóloga del mismo hospital en el que trabajo en Madrid, que fue de esencial ayuda para el tratamiento de diversas patología oculares.

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Durante nuestra estancia, ordenamos y catalogamos los medicamentos y material para cura de heridas del dispensario, facilitando y optimizando su uso posterior por la enfermera local. Realizamos controles a los niños del colegio y del vecindario, encontrando aproximadamente un caso de malaria cada mañana, sintiendo que sólo observábamos la punta del iceberg. Principalmente tratamos enfermedades infecciosas, conjuntivitis, abscesos, quemaduras, úlceras y heridas de todo tipo. Pero sobre todo ese mar de enfermedad y dolor resonaba una palabra una y otra vez: GRACIAS. Un agradecimiento constante y sincero por parte de los pacientes y sus familias, de conocidos y extraños, no sólo por la atención médica, sino por el tiempo compartido. “No nos olvidéis por favor”, solían decirnos, como si acaso eso fuera posible.

Hacemos las maletas llenas de recuerdos. Volvemos a casa no sin antes cruzarnos con otro grupo de jóvenes locales. Pulgares arriba. Sonrisas amplias. Gambia no problem.

 

Miguel Gómez Bravo

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